El Sesshin

Todavía está obscuro cuando me despierto, tal vez por la expectativa del día que va a iniciar. A pesar de que no hay mucha luz, alcanzo a vislumbrar la silueta de mi compañero en la cama contigua. El cuarto es chico, sólo tiene un par de camas individuales, un pequeño armario, un escritorio y una pequeña mesa entre ambas camas. La habitación sólo tiene una ventana que siempre está abierta, ya que la protege una malla contra mosquitos.

No sé que hora será. Tanteo al pie de la cama, encuentro mi maleta y consigo ubicar mis pants. La temperatura no es muy baja pero alcanzo a sentir un ligero escalofrío mientras me visto. Me pongo mis zapatos tenis y me estiro un poco para tratar de calentarme ligeramente, finalmente vuelvo a buscar al pie de la cama hasta encontrar mi bata. Ésta es de tela ligera, de color marrón, y lleva un cinturón negro como de unos quince centímetros de ancho. Me la pongo pasando el cinturón alrededor de una manera ya conocida. Medio arreglo mi cabello con las manos mientras camino hacia la puerta y abandono la habitación; mi compañero sigue dormido.

Afuera el clima está un poco frío, pero invita a ser disfrutado. Todo está en silencio, tan sólo se escucha el sonido de algunas hojas secas al ser pisadas a mi paso. Pienso en la belleza intrínseca de la naturaleza y aunque siento un gozo muy especial en mi ser, trato de borrar esos pensamientos de mi mente.

Campana japonesaTras caminar unos cuantos metros desde la unidad en la que se encuentra mi habitación, junto con unas tres o cuatro más, llego a una pequeña cancha, la cual todavía está vacía. Me coloco en la orilla y empiezo a caminar a su alrededor en sentido de las manecillas del reloj. Mi paso es rápido y en un par de minutos mi respiración ya está siguiendo el ritmo de mi andar. Mis manos se hallan juntas sobre mi pecho, la izquierda cubre a la derecha, la cual mantengo cerrada. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”, mi mente sigue mi respiración en lo que va a ser un ciclo interminable, eterno.

Súbitamente alcanzo a escuchar el sonido claro y limpio, pero repetitivo y penetrante de una campana. A través de él se siente la seguridad y serenidad de quien la toca. En este momento me doy cuenta de que ya son las cuatro de la madrugada. Una vez más trato de regresar a mi conteo mientras sigo caminando. En un instante más el sonido de la campana invade toda la unidad en la que, hasta hace unos minutos, me encontraba.

Han transcurrido unos diez minutos cuando unas sombras se integran conmigo en un andar silencioso. En cinco minutos más nos encontramos reunidos cerca de 30 individuos, todos caminando; sólo eventualmente alcanzo a detectar una figura que permanece de pie, estática, y de la que sólo en algunos momentos se escucha su voz firme e imperativa indicándonos apresurar el paso. Han de pasar otros diez minutos para que el círculo se rompa y se convierta en una hilera que seguirá un camino descendente hasta llegar a un salón al final, salón al que se le ama o se le teme, pero en el cual habremos de descubrir y tratar con lo desconocido.

El salón es bastante amplio, rectangular y con dos columnas a lo largo de su eje mayor. Las paredes son de ladrillo y con ventanas en la mitad superior, las cuales están cubiertas con unas cortinas delgadas, casi traslúcidas. El filo inferior de las cortinas se halla cosido para que no cuelguen hasta el piso, sino que queden al ras de la ventana. El ladrillo que compone las paredes tampoco está visible, pues ha sido cubierto por papel, tiras de papel obscuro a lo largo de todo el contorno del salón. Alrededor de la habitación también están dispuestas, casi a medio metro de la pared, una serie de esteras como de un metro cuadrado de superficie; sobre ellas inicialmente se encuentra un cojín circular de unos 25 centímetros de alto y de estructura firme, conocido como safu.

Safus alineados
En silencio cada uno de nosotros ocupa su lugar, mismo que nos fue determinado de antemano. Unos se sientan cruzando las piernas en la manera tradicional conocida como “flor de loto”, aunque son los menos. La mayoría nos conformamos con simplemente cruzar las piernas y otros tantos adquieren una posición como a horcajadas sobre el safu. En lo único en lo que todos coincidimos, es que nuestra cara apunta hacia la pared. Todavía contamos con unos instantes para acomodar nuestro cuerpo y realizar tal vez un estiramiento o último ajuste. Una campana de sonido más bajo suena llenando cada rincón del salón. Silencio, nada ni nadie se mueve, los cuerpos erguidos con las miradas traspasando la pared, fijas con los párpados entreabiertos; la respiración finalmente empieza a asentarse nuevamente. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. Mi mente recuerda, y el conteo que había abandonado indebidamente, mas no intencionalmente, regresa tratando de inundar mi mente y mi ser. En este momento comienza verdaderamente la batalla, una batalla que habrá de tomar muchas formas, una batalla muy larga, casi eterna podría decir, muy dura y muy dolorosa, una batalla que en más de un momento habré de desear no haber comenzado y que sin embargo ya no puedo abandonar. Por una semana mi destino ha sido cuidadosamente trazado de tal forma, que mi ser lo único que puede hacer, es ser. Mis pensamientos y actos ya no los definiré ni decidiré yo, ya alguien los determinó; sólo podré atenerme a eso, no queda mas que enfrentar este reto y salir avante.

A veces me asombra lo rápido y sorprendente en que la lucha empieza a desarrollarse. Sólo han de haber transcurrido unos cinco minutos cuando empiezo a sentir el embate de un elemento ya conocido y que siempre suele tomar la iniciativa y atacar de forma insistente, el “peón” en este juego, el sueño. Mi concentración se rompe, simplemente mi asombro no cabe en mí, ¿cómo es posible? ¡No es admisible que sucumba tan rápido! Mi mente dirige y ordena. El cuerpo responde realizando pequeñas contracciones, mi respiración se vuelve más profunda. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”, logro regresar. “Uno” —inhalar—, “dos” —exhalar—, y así sucesivamente. Mi pensamiento continúa fluidamente cuando en eso escucho la expresión de un aliado que habla por primera vez y que nos acompaña y nos ha de acompañar hasta el último momento. Sin embargo es un aliado que de forma irónica no es comprendido como tal.

Kyosaku“ZAZ” exclama. El kiosaku comienza su labor aterrizando sobre los hombros de un individuo para recordarle el motivo de su presencia ahí. “ZAZ” vuelve a exclamar, esta vez cimbrando el cuerpo de alguien más para sacarlo de un estado letárgico. “ZAZ”, insiste en otro individuo, motivándolo a profundizar su concentración. El kiosaku es un instrumento de madera, como de unos 40 o 50 centímetros de largo, de mango cilíndrico y achatado por el otro extremo, en forma de paleta, y el cual es aplicado por los “monitores” o por el mismo sensei a cada uno de nosotros. Tras un par de minutos el silencio vuelve a imperar en la habitación. El kiosaku todavía habrá de recorrer su camino una vez más antes de que suene la campana; treinta y cinco minutos habrán pasado para entonces.

La campana suena y todos nos levantamos para acomodarnos una vez más sobre el safu, pero esta vez viendo hacia el interior del salón. Un grupo de hojas nos son entregadas; el período de cantos comienza. Algunos de ellos están en español, otros vienen, supongo, en japonés; éstos son de sonido persistente, rítmico.

Después de unos veinte minutos de cantos, el sonido de la campana surge nuevamente. Cada uno de nosotros se levanta y empieza a caminar conformando entre todos un círculo en movimiento. Continuamos caminando en sentido de las manecillas del reloj durante cinco minutos. Mi vista, que trata de permanecer baja, sólo percibe al frente los talones que asoman debajo de la bata del individuo delante de mí. A la izquierda, las esteras.

KinhinUna vez más habremos de permanecer sentados durante otros treinta y cinco minutos. Se denomina zazen al acto de mantenerse sentado realizando meditación: za, que significa “sentado” y zen, que si bien no tiene traducción, se refiere a la meditación. Al período de caminata se le denomina kinhin (“andar con la respiración”). Normalmente se dedican dos horas a la meditación: tres períodos de treinta y cinco minutos de zazen y dos de cinco minutos de kinhin. Cada cambio de período se indica con una campana.

Suena la campana; han pasado dos horas y veinte minutos desde que ingresamos al recinto. Salimos y cada quien busca y se coloca los zapatos que previamente dejó en la entrada. A esta hora el lugar ya se encuentra ataviado por la luz del sol. Una luz cristalina y fría. El área es bastante amplia y completamente verde, llena de árboles. Algunas partes están cuidadas aunque existen otras que no lo están. Emprendemos el camino cuesta arriba. Se escucha el sonido de una campana. Un sonido más grave, más profundo y que se vuelve más claro conforme avanzamos. Pasamos cerca de una alberca, luego la cancha y llegamos al comedor. La unidad que ocupamos los hombres se halla a la derecha —las de las mujeres están al mismo nivel que el salón y son muchas más—. Todos ocupan sus lugares y permanecemos estáticos. En este trayecto he vuelto a perder el encuentro ante un elemento más sutil e imperceptible; no se le ve llegar ni cuándo actúa, sólo puede reconocerse que estuvo ahí, el “caballo” de la partida, la distracción. Me regaño y reinicio la cuenta: “uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. Ante nosotros hay un hoja y algunos de los elementos que componen nuestro alimento. La campana deja de sonar.

Tapalehui, MorelosEl monitor comienza la acción de gracias y todos lo seguimos atentos a la hoja mientras empieza a circular el desayuno. Cada quien recibe un platón con avena caliente y espesa, uno se sirve y lo pasa al vecino hasta que llega al final de la mesa, en donde permanece hasta el término del desayuno. Luego circula un platón con leche búlgara y al final se puede disponer de fruta colocada en el centro de la mesa, así como de un poco de miel y cereal. Contamos con veinte minutos para desayunar.

El desayuno se desarrolla en silencio y siempre con la mirada baja. En toda la semana que tenemos ante nosotros no podemos ni debemos ni hablar ni levantar la vista, excepto en ciertos momentos ya definidos, pero nada más en esas ocasiones. Si uno necesita comunicarle algo a alguien, se utilizan de hojas de papel y lápiz. Un hecho que debemos entender es que no estamos ahí de vacaciones o para descansar o relajarnos o disfrutar de la naturaleza o de la vida. Estamos ahí para desarrollarnos, para vencer nuestro “yo-ismo” (nuestro ego), para limpiar nuestra forma distorsionada y prejuiciada de ver la vida o de vivirla; estamos ahí para descubrir por medio de un esfuerzo, y un esfuerzo más allá del que estamos acostumbrados, nuestro verdadero ser y que se encuentra enterrado bajo capas y capas de conceptos, ideas y pensamientos vanos. Estamos ahí para aprender que la vida se convierte en algo muy diferente cuando se le presta atención, verdadera atención, no la “atención” que creemos poner en las cosas o la “atención” que suponemos que somos capaces de ejercer. Cada quien está ahí para llegar a su propia “iluminación”, y aunque siempre es un proceso individual, el método es general. Así, nuestra voz se apaga por una semana y nuestra mirada se desvanece también por una semana, para que de esta forma ni nos perjudiquemos a nosotros mismos invitando a que la distracción nos domine, ni perjudiquemos a los demás compañeros, pues la mirada siempre es algo que se siente.

El desayuno ha terminado y me encuentro caminando rápidamente hacia el cuarto de servicio donde he de recoger los implementos necesarios para realizar la labor que me corresponde. Esta vez yo soy el encargado de barrer y lavar el comedor y la unidad que utilizamos los hombres, a excepción de los cuartos mismos. En este momento me siento muy bien, pero sigo perdiendo las partidas. Cada hora es una partida, cada minuto es una partida, cada segundo es una partida, y cada segundo que descuidamos nuestro ejercicio de concentración es una partida que perdemos, y lo que perdemos es la oportunidad de descubrir algo trascendental de nosotros mismos. Verdaderamente una pérdida, mas tanto tiempo de descuidar nuestros pensamientos alimenta a este elemento en su lucha en nuestra contra, este elemento es firme en su ataque como una “torre”, pues es la inercia o pereza de realizar un trabajo al que no se está acostumbrado.

Barriendo con escobaLlego a mi habitación y dejo mi bata de meditación. Regreso al comedor y comienzo mi tarea. “Uno, dos, tres… nueve, diez, uno, dos…”, mi mente se aplica de igual forma a su deber. Ocasionalmente veo a otra gente realizando su labor en la cocina. Tal vez por la característica de ser detallista, pero me aplico con entrega a mi tarea, muevo sillas y la escoba recorre suavemente el suelo, luego se intriga y busca en los rincones; finalmente el comedor queda listo. El individuo encargado de supervisar a los demás me indica que debo barrer utilizando agua. Me molesto, pues de cierta forma tiene razón, pero sé que no cuento con tanto tiempo —sólo dispongo de una hora aproximadamente y todavía tengo que hacer la unidad—, y por ende considero que no va a quedar realmente limpio. Mal, pero continúo a mi manera. Ya me encuentro terminando el primer baño y voy al segundo cuando una vez más el supervisor está ahí, viendo qué hago y cómo lo hago. Su mirada me sigue mientras entro al segundo baño. Yo simplemente me dedico a realizar mi tarea: empiezo a frotar el piso cuando percibo que él se asoma brevemente. Una vez más caigo en el error de molestarme, debo eliminar mi ego!

Terminé la unidad y dispongo de un par de minutos, la campana aún no se ha escuchado. Barro el corto camino que conduce a la unidad, pues las hojas se han acumulado. Se oye la campana: comienza el primer período de descanso. Voy a dejar la cubeta y la escoba a su lugar. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”, curiosamente mientras barro o camino logro mantener el conteo aunque no con la debida concentración.

Entro en el cuarto para aprovechar los cincuenta y cinco minutos que tenemos de descanso, y a pesar de que en teoría debería aprovecharse para continuar con el ejercicio que tenemos asignado, prefiero dormir un poco; advierto que falta un largo camino por recorrer. Mi compañero está acostado porque a él no le tocó trabajar en este turno, sino que atiende la cocina al mediodía.

El sonido de la campana traspasa el velo de mi sueño, me levanto, vuelvo a ponerme mi bata y me dirijo al salón.

Han transcurrido cuarenta y cinco minutos de zazen y está por comenzar el teisho, período similar a un pequeño oasis en el desierto.

TeishoEstamos ya todos volteados hacia el interior de la estancia y en silencio. En uno de los extremos de la estancia se encuentra un pequeño altar con una imagen de Buda sobre él. Entre el altar, y cerca de una de las columnas, los dos monitores colocan una especie de mesa muy baja, como de unos cuarenta o cincuenta centímetros de alto. Encima se coloca una estera con su safu. A la derecha de la base se coloca otra mesita en donde se coloca una tasa de té y un pequeño objeto de madera. En frente de la base finalmente se coloca un atril con un libro en él.

Bodhin Kjolhede En unos instantes aparece en la entrada la figura del sensei, o maestro. Él, a diferencia de los demás, porta una bata de color azul marino obscuro que denota su rango como sensei. Realiza una inclinación y camina hasta su lugar ya preparado. Comienza por sentarse sobre la orilla del safu y dándole la espalda al altar, pero después de un movimiento ágil y preciso, termina orientado hacia al altar y perfectamente acomodado. Los monitores le acercan el atril para luego retirarse a su lugar en el otro extremo del salón. Los treinta o sesenta segundos que transcurren son unos en los que la belleza de la escena, su plasticidad y estética, así como la energía emanada y percibida, son verdaderamente increíbles. Todos sentados, erguidos y con la mirada fija, concentrados. Existe un silencio tan profundo que denota más presencia que ausencia. Es como si en esos instantes se conjugara y concentrara ahí todo el universo. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”.

A continuación el sensei comienza su lectura, la cual alterna con comentarios explicativos sobre ella. Nos habla de sensei de épocas pasadas y de sus enseñanzas. También nos habla de la esencia del zen, lo que significa vivirlo. En otra ocasión utiliza este período como una oportunidad para amonestarnos por la falta de disciplina y concentración que demostramos y de cómo eso le “molesta y decepciona”. No obstante, nunca deja de ser un momento en el que “algo” se queda con nosotros, como impregnado en nuestro ser, pues más que escuchar sus palabras, en realidad debemos continuar con nuestro ejercicio de concentración y dejar que la enseñanza fluya.

El teisho ha terminado, son como las once y veinticinco de la mañana y volvemos al zazen. Realizaremos zazen con sus períodos de kinhin hasta la una de la tarde. Tanto el sensei como los monitores habrán de continuar empleando el kiosaku en una labor sagrada. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. El cansancio se hace sentir. Los ventiladores ya se han activado pues el calor se siente de manera agobiante. El lugar se localiza en una zona de clima cálido, semitropical.

Rock gardenTodo este evento, o tiempo que hemos reservado para realizar zazen, se denomina sesshin (??), que literalmente significa, “tocar el corazón-mente” (o “tocar el espíritu”), y es algo que tradicionalmente se considera de un valor incalculable. El sensei siempre es auxiliado en el desarrollo del sesshin por dos monitores, quienes son dos individuos que a través de su experiencia han demostrado su comprensión y avance en el camino del zen. Ellos siempre están cuidando y vigilando, alentándonos a dar lo mejor de nosotros mismos. También está un individuo que se encarga de los “tiempos”, esto es, de marcar todos los cambios de actividad por medio de varias campanas.

A lo largo del día también existe un período denominado daisan (“ir solo hacia alguien superior”), el cual consiste en una entrevista privada con el sensei. Usualmente hay seis períodos durante el día y cada uno se realiza de forma paralela al zazen.

Inicialmente, el sensei se retira a la habitación en la que se realizará la entrevista. De forma previa todo el grupo ha sido dividido en dos y cada uno de nosotros sabe de antemano a qué subgrupo pertenece. Previo al inicio de la entrevista, uno de los monitores indica qué subgrupo puede asistir, tral lo cual se escucha una campana a lo lejos; en ese instante uno debe salir lo más rápido posible, literalmente corriendo, hasta llegar a la fila de esteras colocadas afuera de la habitación donde se realizará la entrevista. De hecho es interesante observar la rapidez con la que se vacía la mitad del salón, casi ni ha muerto el sonido de la campana cuando uno ya está de pie y corriendo hacia la salida; sin embargo, como todos salen en estampida, desafortunadamente a veces ocurren pequeños accidentes por los empujones que, si bien no deberían ocurrir, resultan por el desalojo desenfrenado.

Figura de SiddharthaEl primer individuo que logra llegar a la fila de esteras pasa inmediatamente al cuarto de entrevista; mientras tanto, el resto ocupa un lugar conforme llegue. Después de un tiempo, desde la habitación se escucha una campana de sonido agudo y el individuo que estaba en entrevista sale, tras lo cual, quien encabeza la fila toca un par de veces una pequeña campana colocada cerca de la primera estera y se levanta para entrar al salón. Los demás se recorren hacia delante.

Durante la entrevista uno puede exponer dudas, pedir consejo acerca de la práctica asignada o comentar las experiencias o sensaciones manifestadas, pero el tema siempre debe estar relacionado con la práctica o el ejercicio. Aunque la entrevista es opcional, ya que uno decide si asistir o no, eventualmente y en algunos casos el sensei mandará llamar a alguien por alguna razón dada. De hecho a mí me sucedió esto. Yo sólo había asistido a una entrevista y había dejado pasar varias sin ir. Así, el sensei me mando llamar, pues como dijo, le preocupaba si no estaría teniendo problemas o sin la confianza de asistir. En eso último tuvo razón, ya que como principiante no sentía que tuviera mucho que comentar. Después de esto empecé a asistir de forma más regular.

Ya es la una de la tarde y comienza la hora de comida. En realidad, lo que conforma las comidas no es lo más espectacular que uno haya visto, pero con hambre… El proceso de la comida sigue la misma formalidad que la del desayuno. Después de la comida disponemos de una hora de descanso, misma que aprovecho para tomar una siesta. En estas dos últimas horas mi conteo ha estado ausente de mi mente.

Za ZenSon aproximadamente las tres de la tarde. Tendremos zazen hasta las cinco para después tener un período de ejercicio físico. Para este momento uno prácticamente ya no sabe qué hacer con el cuerpo, se siente adolorido y entumido. Eso sí, la mente ya ha comenzado a asentarse y los pensamientos ya no se presentan tan erráticos, sólo que ahora la causa de distracción radica un poco en el dolor y otro en poco el aletargamiento que llega a esta hora. Termina el período de ejercicio y regresamos a realizar zazen. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. Los ánimos se han revitalizado un poco con el ejercicio y el cuerpo se encuentra mejorado. Vuelve a haber daisan pero prefiero mantenerme sin asistir.

La campana suena y ha llegado el momento de cenar. La cena es de carácter más informal: hay un par de mesas donde se tienen cestas con fruta, queso y pan —que entre paréntesis, el pan lo hacia una muchacha del grupo y era de lo más delicioso que había—. Así, cada quien recoge un plato y se sirve lo que va a comer. De beber casi siempre hay té y agua de limón o de papaya.

La cena ha terminado y contamos con un período de descanso. Esta vez opto por irme al salón a continuar con mi ejercicio. Entro y no hay nadie. Me coloco sobre el safu a horcajadas. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. Existe un extraño sentir en mí, mismo que en otra ocasión ya ha surgido. No percibo que venga con tanta fuerza, pero consciente de que estoy solo, lo presiono un poco. Un instante más tarde me encuentro llorando de una manera muy profunda, un llanto que sale de algún lugar recóndito de mi ser. No lo explico ni trato de hacerlo. Sólo lloro con un llanto casi silencioso pero que se siente como si fuera un grito. Un llanto casi incontenible. Poco a poco se apacigua y al tiempo percibo que el salón ha empezado a ocuparse, el período de zazen ya comenzó. “Uno, dos, tres…, nueve, diez, uno, dos…”. Verdaderamente ha transcurrido el tiempo y mi concentración se mantiene estable, acaso una ligera molestia en la espalda y, eventualmente, en las articulaciones de los hombros, pero que no me saca de mi concentración. Se oye la voz del monitor indicando que al grupo número uno le toca daisan. Decido no ir. Se escucha la campana a lo lejos y la estampida se produce, al rato el kiosaku comienza una vez más su recorrido. Poco a poco regresan quienes tuvieron entrevista.

Zen MuSon cerca de las nueve y media de la noche y el día se acerca a su fin. Habla el sensei, aunque prácticamente se dirige a los que están o estuvieron en el ejercicio de “mú”. Explica que para ayudar a los que están en esa práctica, se realizará un ejercicio que consistirá en que cada quien entone la palabra “mú”. El sonido de las mujeres que me rodean, y un poco más allá, se siente como un canto místico, lejano, profundo y con un significado imposible de conocer. El aire vibra bajo su influjo, reforzado por los sonidos graves de los hombres. No obstante casi todos lo llevan de manera persistente y alargada, súbitamente el entorno se rasga bajo un “MÚ” dominante y agresivo, un grito de guerra, corto e incisivo que aparece y desaparece de forma repetitiva. A una voz, el silencio vuelve a ocupar su lugar en la habitación. Un poco más tarde habla un monitor y nos hace sentir alguna experiencia o problema tenido en la vida y el valor que el zazen tiene para mejor comprender y aceptar lo inaceptable, en aprender a no “atar” ni a estar “atado”. También habla la monitor y nos hace sentir y comprender. Finalmente el primer monitor termina expresando una frase simbólica. Silencio unos instantes. Se realiza una indicación con la campana y entonamos los votos acompañados de postraciones hacia el altar. Finalmente la campana suena por última vez en este día. Son las nueve y media de la noche. El día ha concluido.

Aunque los períodos formales de meditación han terminado, uno puede, y normalmente se hace, seguir realizando zazen durante la noche, mas ahora uno puede determinar si realiza el zazen en el salón o afuera de él, en alguno de los jardines. Además también uno decide cuánto tiempo le dedica si es que decide hacerlo. Durante la noche también se dispone en el comedor de té y galletas sin sabor, a manera de “tentempié”, con lo cual uno puede ir y comer un poco mientras se descansa antes de ir a dormir o de volver a realizar más zazen. Otra posibilidad es irse a dormir un rato y luego regresar a continuar la meditación. Mientras más tiempo se le dedique, mayores son las posibilidades de realmente llegar a un resultado tangible.

Cada día, dentro del esquema que siempre es el mismo, es diferente y las experiencias que se viven son siempre nuevas.

Por ejemplo, hubo una noche en que mi concentración realmente estaba fluyendo de forma increíble, suave y sin esfuerzo. Tenía los ojos cerrados y llevaba mi conteo como reloj de precisión, cuando de repente empezó a surgir una sensación verdaderamente preciosa. Era como si estuviese completamente solo, sentía como si no existieran paredes ni techo ni nada, y la presencia de la naturaleza era intensa y completa. Escuchaba a los grillos y al río que fluye cerca, sentía como si mi ser se estuviera expandiendo y lo ocupara todo, casi podía sentir y escuchar la brisa nocturna. Realmente fue una experiencia deliciosa. Sin embargo, tal como se abren pequeñas puertas agradables que nos conducen poco a poco a la iluminación, también se tienen experiencias no tan gratas. Así, al segundo día me tocó librar una batalla con el “alfil”, el dolor incisivo y punzante, lacerante, agudo, intenso e hiriente. El dolor ocasionado por el entumecimiento de un miembro y la incapacidad de poder hacer algo por cambiar de posición y evitarlo. Normalmente uno ajusta la zona adormecida o adolorida con movimientos muy pequeños.Banca para seiza Sin embargo, ese día, en el momento en particular en el que el dolor causado por la presión de un hueso de la pierna contra los nervios me llegó, decidí poner todo mi ser en mi concentración y no hice nada para evitar el dolor, y aunque logré mantenerme en mi concentración, a partir de ese día ya no pude sentarme sobre el safu, sino que tuve que utilizar un banco en el cual uno queda como si estuviera hincado.

También existen circunstancias que se perciben y que en esos momentos resultan bastante graciosas. Por ejemplo, al pasar cerca de las esteras, conforme se realiza el kinhin, uno no deja de percibir como cada quién modifica o realiza adecuaciones a su lugar de meditación. Inicialmente todas las esteras van acompañadas de un safu, pero conforme pasa el tiempo, empiezan a aparecer más cojines de diferentes formas —además del safu tradicional, también existen otras variedades—. Había un lugar que realmente llamaba la atención, pues su ocupante tenía en él siete u ocho cojines! Alguna vez alguien me había platicado de haber visto hasta veinticinco cojines! Definitivamente cualquier cosa es válida para evitar el dolor de mantener una misma posición…

GasshoDe igual forma se tienen circunstancias de un significado muy especial. En una ocasión, como fui de los últimos en terminar de cenar, tenía que lavar mis platos. Como la mujer asignada a lavarlos estaba muy atareada lavando y secando, me ofrecí a secarlos mientras ella los lavaba. Cuando terminamos ella realizó una pequeña reverencia (gassho) hacia mí en señal de agradecimiento; ese gesto tan simple lo percibí con un significado y profundidad impresionantes. Ella iba acompañada de su hermana, ambas vietnamitas. De hecho, su hermana me tocó de vecina en el salón, y a pesar de ser una mujer pequeña y muy delgada, realmente fue un individuo que me impresionó por la fortaleza física y espiritual que demostró durante el sesshin. Su grado de concentración desarrollado, emanaba, mismo que yo deseaba lograr. Verdaderamente gente que con gestos muy sencillos transmiten infinidad de mensajes y sensaciones.

El último día de sesshin finalizaría a las cinco de la tarde y todos debíamos asistir al último daisan realizado. A éste ya no llegaríamos con más dudas: lo único que teníamos que hacer era demostrar nuestra práctica. Al principio me pregunté qué haría, pero terminé concluyendo que eso era lo que tenía que hacer, nada más. Así pues, con cierto nerviosismo esperé en la fila mientras llegaba mi turno. Con cada individuo que avanzaba, mi ansiedad aumentaba, hasta que finalmente llegó mi momento.

Pasé a la habitación, realicé mi reverencia de saludo, cerré la puerta y me acomodé en el safu. Mientras me acomodaba, mi vista se unió con la del sensei, me sonreí en ese instante como diciendo: “ahí va mi número”, pues en esos momentos las palabras ya no valen. Realmente no sabía qué esperar, qué sucedería, cómo terminaría, me diría el sensei algo? Empecé a notar mi respiración ligeramente agitada y cómo el sudor empezaba a transpirar de forma más profusa. Me desesperé un poco porque sentía que no disponía de mucho tiempo, además de que intuitivamente no quería sentir que estaba haciendo el ridículo (ja!). Todo esto cruzaba mi mente en tan sólo cuestión de segundos y mi vista todavía permanecía con la de él, que sereno e impasible, y con una tranquilidad envidiable, me observaba.

Za ZenUna vez tomada la postura adecuada y con la mirada media baja comencé a centrarme en mis pensamientos, que a comparación de cómo se encontraban, cualquier revolución que haya ocurrido en la historia de la humanidad se quedaba corta. Casi como un autómata mi mente empezó a revisar y corregir cada elemento; posición: espalda, manos, cabeza, bien; respiración: corrigiéndose. En un instante mi respiración ya estaba realizándose de forma correcta y mi conteo comenzaba a eliminar cualquier otro pensamiento. Tras otro instante mi concentración había llegado a un punto como en ningún otro momento. Nunca antes había logrado tal nivel, verdaderamente sólo existía el conteo a la par de la respiración, y tan esto era verdad, que no fue sino hasta un momento después que me percaté de ello.

Estaba en ese estado, cuando casi inmediatamente escuché: “muy bien Guillermo, eso es!”. Mi concentración se rompió mientras volvía ligera y rápidamente la mirada hacia la del sensei, para después volver a su posición original. No sabía qué hacer, con lo que continué mi ejercicio aunque no lo volví a llevar al mismo punto. Unos segundos después volví a escuchar que el sensei me hablaba, con lo que dejé de hacer el conteo y regresé mi mirada hacia arriba. Comentó que realmente había logrado “juntar” mi mente durante ese sesshin (“you really could put your mind together during this sesshin” —a veces se expresaba en español y otras en inglés—). Tras comentar algunas cosas, salí de la habitación. Mi gozo no cabía en mí: lo había logrado! No sólo sobreviví al sesshin, sino que realmente había sido una experiencia provechosa.

Rochester Zen Center logoTerminar este sesshin de una semana fue verdaderamente toda una experiencia: compartir el gozo de cada participante, comentar las experiencias y sensaciones vividas, lo que cada quién percibió de los demás, ver el mundo con unos nuevos ojos; prácticamente fue un re-nacer.

—Gmads

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Mi segundo sesshin. Guiado por Roshi Bodhin Kjolhede (del Centro Zen de Rochester), en Tapalehui, Morelos.
5–12 Feb ’94