El estadio

Era un estadio grande con forma de óvalo cortado en uno de sus extremos, y ahí, en el centro de ese corte, junto con mucha gente más, estaba yo. Toda una sociedad, amistades, extraños, familiares, todos vivíamos y nos movíamos ahí, pero era como si nadie más pudiera vernos, ¿O era yo el invisible? ¿Será que nadie más me veía? Una extraña sensación, el ambiente era de inquietud y podía sentirse una expectativa, casi de festejo, entre la gente, sin embargo, ahí, al mismo tiempo, visible para otros ojos, y que yo sólo sentía, había una calma absoluta, agradable, un espacio vacío y soleado, el pasto húmedo y radiante, una mañana dominical.

El estadioEse día, cada uno de nosotros, los jóvenes, participábamos, era una votación, algo se decidía. El proceso consistía de varias etapas y en ese momento en particular estábamos siendo pesados. Llegó mi turno de pasar a la báscula y entonces ocurrió. No pensé nada, no dije nada (supongo que rara vez pensaba o decía algo en particular, y tal vez por eso carecía de recuerdos, únicamente mantenía sensaciones), y a pesar de que no tenía ninguna motivación para ello, simplemente no avancé. Sentía el impulso de la gente insistiendo en que subiera, los coordinadores parecían sorprendidos y podía imaginar tal vez el asombro y decepción de mis padres ante mi negativa, con todo, no subí y nadie podía obligarme a hacerlo. Recuerdo que había agua sobre la base de la báscula. En un instante más, el evento continuó como si nada hubiera pasado, todo quedó olvidado.

Me parece que antes no había existido; cuando no hay memoria, uno no puede saber de sí antes del presente. De alguna forma intuyo que debí ser obediente; no, no obediente, ello implicaría acatar órdenes, tal vez era sólo que hacía lo que sabía que debía hacer, sin decir nada, sin pensar nada. Aún ahora, he requerido de un gran esfuerzo para traer a la luz aquel instante en que me negué a subir, aquel momento en que comencé a existir o a tener pasado.

Me convertí en un extraño, tenía el estigma del paria, lo sabía, sin embargo, no me sentía marginado. Cosas bellas el olvido y el presente. Todo mi mundo estaba circunscrito a aquella área dentro del estadio, a la mitad del corte del óvalo. Atrás había pasillos y un baño, todo hecho de cemento. No muy lejos estaba una puerta, siempre abierta y por la cual entraba una luz tenue, clásica escena de contraluz. Podía ver a la gente circular, entraba y salía por la puerta. Nunca supe que había más allá.

¿Cómo vivíamos, cómo vestíamos, qué comíamos? No lo sé, aquello sólo era un eterno y verdadero tumulto de gente deambulando, no caóticamente, ya que todo ocurría de forma ordenada y todos parecían tener un propósito. Tal vez sólo éramos espectros, en la antesala del cielo o del infierno, viviendo algún tipo de sueño bajo el sello invisible de un sistema.

Ahora que lo pienso, me sorprendo al considerar, ¿cómo sé lo que sé, de dónde me llega el conocimiento? Nadie me habla, a nadie hablo, ¿por qué siento que ahí hay gente que me es familiar, dónde están?

Veo una hilera de hormigas avanzar a través de un pasillo. Me resulta inconcebible que éstas puedan caminar sin ser aplastadas por la multitud. Conforme las observo detenidamente, todo alrededor parece desvanecerse hasta desaparecer. Comienzo a suponer que todo es totalmente contrario a lo que hasta el momento he creído. Quizá lo real es la paz, la calma que lo envuelve todo, y por ende, la gente es tan sólo una sensación, murmullos que llegan de otra parte.

Esta nueva idea motiva que enfoque mi atención en los habitantes del estadio, totalmente ajenos a la tranquilidad, inmersos en un continuo intercambio de palabras. Algo está cambiando. Siento un gozo al percibir la riqueza interna de mi silencio.

—Gmads

———
Ahhh, la soledad, cuando todo lo que uno era, dejó de ser.